Hoy sábado 21 de octubre de 2006
■ El poeta brasileño alzó la voz en el Encuentro de Poetas del Mundo LatinoLedo Ivo, en reflexión poética sobre el hombre.
Carlos F. Marquez"La poesía está al servicio de los hombres y no de los dioses”, expresó el poeta Ledo Ivo, uno de los rapsodas más álgidos de su natal Brasil, y que en su intervención en el Encuentro de Poetas del Mundo Latino dio muestras de una poesía diáfana, donde la fabulación se vuelve el conducto de profundas reflexiones que giran sobre los sentimientos más humanos.
En entrevista con La Jornada Michoacán, Ledo Ivo, considerado como la voz poética más representativa de la generación del 45 en Brasil, compartió el inicio de su relación con México: “es la décima tercera vez que vengo a México porque tengo varias antologías poéticas y libros publicados aquí desde los años 70, cuando Carlos Montemayor publicó mi primera antología en este país, de modo que conozco bastante la poesía de México y creo que este país es, de todos los países de lengua española, el que posee una literatura más vigorosa, más creativa, inventiva y plena de vitalidad. Es un motivo de alegría participar en este Encuentro de Poetas del Mundo Latino, especialmente porque tiene como figura central a un gran poeta como José Emilio Pacheco, que no es sólo un gran poeta de México, sino que es para mí un gran poeta de la lengua española”.Sobre los cambios suscitados en su universo poético durante una larga prolífica trayectoria literaria, el brasileño comenta: “cuando se es un poeta que ha vivido muchas décadas, como es mi caso que tengo 60 años produciendo poesía, esta poesía está sujeta a los cambios y los cambios son indispensables para que se mantenga viva la poética, porque la aventura poética no debe distinguirse por la uniformidad ni por sus patrones, sino por la variedad, de modo que a lo largo de mi vida el mundo ha cambiado y yo también debo de haber cambiado, de la misma manera que mi poesía ha tenido mudanzas”.
La poesía de Ledo Ivo, que ha explorado la forma del soneto con la libertad del verso, es ante todo la creación de una mitología personal, que a fuerza de la fabulación se torna colectiva y universal, como se puede apreciar en el poema Los murciélagos, el cual reproducimos la última parte: “En el halo de un seno joven como la noche/ se esconde el hombre; en el algodón de su almohada, en la luz del farol/ el hombre guarda las doradas monedas de su amor./ Pero el murciélago, durmiendo como un péndulo, sólo guarda el día ofendido./ Al morir, nuestro padre nos dejó (a mis ocho hermanos y a mí)/ su casa donde de noche llovía por las tejas rotas./ Pagamos la hipoteca y conservamos los murciélagos./ Y entre nuestras paredes se debaten: ciegos como nosotros”.La madurez el poeta lo ha llevado al verso diáfano y un manejo del lenguaje que escapa a lo críptico para potenciar su fuerza comunicativa, ya que como el poeta refiere: “tenía una visión sacralizada de la poesía, como si la poesía fuese una cosa sublime, pero cuando el poeta se torna maduro se da cuenta que la poesía se escribe para la sociedad, que la poesía está al servicio de los hombres y no de los dioses. ¡Hay que hablar con los hombres! Yo creo que la poesía corresponde al uso supremo del lenguaje y este lenguaje tiene que ser dirigido al otro, inclusive porque mis poemas existen cuando existe un lector para leerlos”.
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